¡Dinero constante y sonante! Efectivo sigue siendo el medio de pago preferido en México: IMCO revela brechas en inclusión financiera
Publicado elUn estudio del IMCO revela que la informalidad, el temor a fraudes y la desconfianza digital frenan la inclusión financiera. Compara con Brasil y conoce las claves para el futuro.
A pesar del avance de las tecnologías digitales, el efectivo persiste como el medio de pago dominante en México, especialmente para transacciones de bajo monto. Un reciente estudio del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), dado a conocer el 9 de enero de 2026, subraya que un abrumador 86% de la población mexicana se inclina por el uso de billetes y monedas en sus operaciones cotidianas de menor cuantía. Este patrón de preferencia, lejos de ser una simple costumbre, pone de manifiesto profundas brechas y desafíos en el camino hacia una mayor inclusión financiera en el país.
La investigadora Sherlyn Muñoz del IMCO ha sido enfática al señalar que, aunque la infraestructura para pagos digitales y transferencias bancarias se ha expandido, incluso llegando a pequeños comercios en la vía pública, la preferencia por el efectivo no disminuye. Este fenómeno es atribuido a una combinación de factores socioeconómicos y culturales que impiden la plena adopción de alternativas digitales. Entre las razones principales citadas por el estudio, se encuentran los elevados niveles de informalidad económica que caracterizan a una parte significativa del país.
La informalidad, al operar al margen de los sistemas fiscales y regulatorios formales, encuentra en el efectivo un aliado natural para la realización de transacciones que buscan discreción y sencillez, eludiendo así la trazabilidad que ofrecen los pagos digitales. Este contexto genera una barrera inherente a la digitalización de las finanzas, ya que una parte considerable de la actividad económica se mantiene invisible para los registros oficiales.
Además de la informalidad, el temor a la fiscalización o a posibles fraudes emerge como un factor preponderante en la reticencia de los mexicanos a abandonar el uso del efectivo. La percepción de que las transacciones digitales podrían exponer a los individuos a un mayor escrutinio gubernamental o convertirlos en víctimas de estafas cibernéticas, alimenta la desconfianza y refuerza la dependencia de un medio de pago que se percibe como más seguro y controlable en términos de privacidad y seguridad personal. La desconfianza hacia las tecnologías digitales en general, una preocupación latente en diversos segmentos de la población, complementa esta aversión.
Esta persistente preferencia por el efectivo no solo frena la modernización de los sistemas de pago, sino que también ralentiza el avance de la inclusión financiera en México. Mientras en economías latinoamericanas con un desarrollo comparable, como Brasil, el panorama es sustancialmente distinto, con cuatro de cada cinco adultos realizando o recibiendo pagos digitales y solo una de cada cinco personas optando por el efectivo como principal medio de pago, México muestra un rezago significativo.
El caso de Brasil es particularmente ilustrativo, donde el sistema Pix, con apenas cinco años de operación, ha logrado una penetración notable, registrando aproximadamente 30 transferencias mensuales por persona. Este contraste resalta la magnitud del desafío que enfrenta México. La investigadora del IMCO enfatiza que la mera disponibilidad de infraestructura tecnológica no es suficiente para impulsar de manera efectiva los pagos digitales. Se requiere de estrategias integrales que aborden las causas subyacentes de la desconfianza y la informalidad, promoviendo la educación financiera y construyendo un entorno de mayor seguridad y transparencia en el ecosistema digital.
Para superar estas brechas, es imperativo que México desarrolle políticas y programas que no solo faciliten el acceso a herramientas digitales, sino que también fomenten la confianza y la seguridad entre la población. El camino hacia una inclusión financiera robusta y equitativa pasa por desmantelar las barreras psicológicas y estructurales que actualmente anclan a una vasta mayoría de la población al uso del dinero físico, a pesar de las ventajas inherentes que ofrecen las transacciones digitales en términos de eficiencia, seguridad y trazabilidad en un entorno formalizado.
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