IA y Agua: Una Imagen Generada por IA Podría Consumir Más Agua que una Persona en 24 Horas, Advierte la ONU

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Un informe de la ONU revela que la creación de una imagen con IA consume más agua que una persona en un día. La inteligencia artificial dispara el consumo de recursos hídricos, energéticos y territoriales, exigiendo un marco regulatorio.

La inteligencia artificial (IA) está transformando el mundo a un ritmo vertiginoso, pero un reciente informe de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH) ha sacado a la luz una de sus facetas más sorprendentes y preocupantes: su colosal huella ambiental. Publicado el 3 de junio de 2026, el informe “Environmental Cost of AI's Energy Use” cuantifica por primera vez, con una perspectiva integral, el costo energético, hídrico, territorial y climático de esta tecnología que, hasta ahora, muchos consideraban puramente digital.

Una de las revelaciones más impactantes es la cantidad de agua que puede consumir la generación de contenido mediante IA. Se ha reportado que una simple imagen hecha con inteligencia artificial podría gastar más agua que la que necesita una persona en 24 horas. Esta cifra subraya la magnitud de un problema poco visibilizado, ya que la IA no es solo código, sino que también es "hormigón, cobre, silicio, litio, agua, tierra y carbono," como lo describe UNU-INWEH.

El estudio de Naciones Unidas detalla que la huella hídrica de los centros de datos, infraestructura esencial para la IA, fue de 4.5 billones de litros de agua en 2025. Esta cantidad es equivalente a llenar 1.8 millones de piscinas olímpicas y habría satisfecho la demanda doméstica de 600 millones de personas en el África subsahariana. Las proyecciones para 2030 son aún más alarmantes, estimando que el consumo de agua podría ascender a 9.3 billones de litros, lo que equivaldría a las necesidades básicas anuales de 1.300 millones de personas en el África subsahariana.

Pero el impacto ambiental de la IA va más allá del agua. El informe señala que en 2025, los centros de datos consumieron 448 teravatios hora (TWh) de electricidad. Para ponerlo en perspectiva, si estos centros fueran un país, ocuparían el noveno lugar a nivel mundial en consumo eléctrico. Se prevé que esta cifra aumente drásticamente, superando los 945 TWh para 2030, lo que los colocaría en el sexto lugar global. Esta demanda energética tiene una consecuencia directa en la huella de carbono, que en 2025 ascendió a 189 millones de toneladas de CO2 equivalente. Para compensar esta emisión, sería necesario cultivar aproximadamente 3.200 millones de plantones durante 10 años, una cantidad similar a la existente en todo el Reino Unido.

Además, la expansión de la infraestructura de IA también tiene una huella territorial significativa. En 2025, la superficie necesaria para la producción y los residuos de los centros de datos fue de 6.900 kilómetros cuadrados, aproximadamente 4.5 veces el área metropolitana de Londres. Para 2030, se proyecta que esta huella supere los 14.500 kilómetros cuadrados, una extensión diez veces mayor que la Ciudad de México.

Un punto crucial revelado por el estudio es que el mayor gasto energético y de recursos ya no proviene del entrenamiento de los modelos de IA, sino de su uso cotidiano, conocido como fase de "inferencia". Entre el 80% y el 90% del consumo total de energía asociado a la IA se destina a responder a las miles de millones de interacciones diarias. El informe de la ONU destaca que "una consulta de texto típica al estilo de ChatGPT consume aproximadamente 200 veces más energía que una clasificación de texto, como el filtrado de spam." Yendo un paso más allá en la intensidad, la generación de una imagen con IA requiere 2.9 Wh (vatios hora), haciéndola "60 veces más exigente que una respuesta de texto breve y entre 1.450 y 2.000 veces más que la clasificación de texto."

Ante este panorama, la Organización de las Naciones Unidas ha solicitado la implementación urgente de un marco regulatorio global para el desarrollo de la inteligencia artificial, motivada por el acelerado incremento en el consumo de recursos naturales que demanda su funcionamiento. Las alertas institucionales coinciden con la necesidad de la comunidad internacional de cumplir las metas de reducción de emisiones del Acuerdo de París, destacando la urgencia de mitigar los riesgos sobre la estabilidad de los ecosistemas planetarios.

El informe subraya que los costos ambientales de la IA se concentran en comunidades y regiones específicas que aportan agua, energía y minerales, mientras que los beneficios económicos fluyen hacia otros lugares, principalmente a unas pocas corporaciones y países. Sin embargo, existen acciones individuales que pueden contribuir a mitigar este impacto. Utilizar texto en lugar de imágenes o videos cuando no sea estrictamente necesario, acortar las instrucciones, agrupar tareas y evitar repeticiones innecesarias son prácticas que pueden reducir sustancialmente esta "gigantesca sangría de recursos naturales."

Además, grandes actores tecnológicos están empezando a responder a este desafío. Google, por ejemplo, ha prometido reducir su huella hídrica en un 100% para 2030, con cinco compromisos clave y una inversión de 17 millones de dólares. Esta promesa, junto con un marco regulatorio global y la concienciación individual, podría ser fundamental para abordar el costo ambiental oculto de la inteligencia artificial.

En definitiva, la IA, presentada como la gran promesa del siglo XXI, tiene un rostro material con costos ambientales medibles que no pueden ser ignorados. Este informe de la UNU-INWEH no solo verifica una discusión académica de larga data, sino que la convierte en evidencia medible, exigiendo una reconsideración urgente de cómo desarrollamos y utilizamos estas tecnologías para asegurar un futuro sostenible.

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