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Publicado el , y escrito por:La gente del pueblo llano aspira a vivir como viven los ricos, comer y beber lo que comen y beben los ricos, conducir los autos que conducen los ricos, etcétera.
La gente en Sinaloa, muy especialmente en Culiacán, se sigue preguntando con mucho estupor de donde carajos salen tantos sicarios que siguen cometiendo sus asesinatos y atentados todos los días por doquier. Algunos argumentan que esa capacidad, aparente, de estar en todos lados al mismo tiempo, sin jamás ser detectados con antelación por las autoridades policiacas, se debe a que son el pueblo mismo, que ha incubado en su seno al narcotráfico como forma de vida. Si lo comparamos con una enfermedad que ha contagiado al cuerpo de una persona, diríamos que el narcotráfico no se encuentra en una zona bien localizada de la geografía social, sino que, como un cáncer, ya ha hecho metástasis y se ha expandido por todo el cuerpo de la sociedad.
Si damos por cierta esta proposición, debemos considerar que es una práctica difícil de desarraigar porque ha representado, para mucha gente, desde hace mucho tiempo y no desde hace siete años, una oportunidad real, tangible y al alcance de su mano, de superar la mala fortuna de su nacimiento. La gran mayoría del pueblo llega a la conclusión de que la única manera rápida y efectiva de superar la maldición de la pobreza en la que han nacido, y nacieron también sus padres y los padres de sus padres, es tentando a la suerte desafiando las leyes del gobierno. Eso pensaban ayer y lo siguen pensando hoy, de que la única chance que tienen de disfrutar de los bienes y placeres de la vida es desacatando la ley, configurada en útima instancia para seguir perpetuando las desigualdades económicas y sociales, fuente primaria de todo sentimiento e impulso de venganza, odio, maldad, envidia, ojeriza, perfidia y, al final, de un resentimiento personal. Max Scheler dice que en sociedades como la nuestra, en donde en el papel todos somos iguales, pero que en los hechos no hay equiparación, se acumula una carga de resentimiento descomunal que si no es bien conducida puede acarrear serios conflictos sociales. “La máxima carga de resentimiento deberá corresponder, según esto, a aquella sociedad en que, como la nuestra, los derechos políticos –aproximadamente iguales- y la igualdad social, públicamente reconocida, coexisten con diferencias muy notables en el poder efectivo, en la riqueza efectiva y en la educación efectiva; en una sociedad donde cualquiera tiene derecho a compararse con cualquiera y, sin embargo, no puede compararse de hecho. La sola estructura social –prescindiendo enteramente de los caracteres y experiencias individuales- implica aquí una poderosa carga de resentimiento,
La gente del pueblo llano aspira a vivir como viven los ricos, comer y beber lo que comen y beben los ricos, conducir los autos que conducen los ricos, etcétera. Saben que la única manera de adquirir en este sistema capitalista el bien al que aspiran, es mediante la violencia y el robo, no mediante el trabajo serio y honrado. La vida que vivieron sus abuelos y sus padres se lo constatan. La ruta de la honestidad y el trabajo duro solo conduce, en estas sociedades diseñadas para enaltecer el lucro y el beneficio personal, al mundo de la necesidad perenne; la otra ruta, la de la violencia, la corrupción y las armas ligadas al narcotráfico, aunque riesgosa, permite a muchos salir de su “porca miseria”, que es a fin de cuentas lo que todos buscan: vivir una vida digna al lado de su familia, “sin hacerle daño a nadie”, como dijo recientemente el Chapo Guzmán. Cuando las puertas se cierran y la riqueza y el bienestar solo pasan por unas cuantas manos, los que quedan afuera no ven otra opción mas que derribarlas a patadas, apelando exclusivamente a la violencia y la corrupción.
Finalmente, todos somos aspiracionistas: los que tienen porque quieren tener más y los que no tienen porque quieren llegar a tener. El narcotráfico no es otra cosa mas que aspiracionismo puro, y esa pulsión del espíritu todos la tenemos. Para refrenarla se necesitan más escuelas de filosofía y letras, más educación humanista, para enseñarle a la gente cómo ser más humana. Por eso Diógenes acudía a la plaza pública en pleno día con una lámpara encendida diciendo, cuando se lo preguntaban, que buscaba a un hombre, dando a entender que los pobladores de la fastuosa Atenas eran más parecidos a las bestias que a los seres humanos.
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