Triste Navidad en Culiacán

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En cuanto se marcharon las fuerzas especiales conocidas como Murciélagos, Culiacán empezó a sufrir una oleada de atentados y asesinatos que nos demuestran, una vez más, que la bestia era más grande y feroz de lo que nos imaginábamos.

En cuanto se marcharon las fuerzas especiales conocidas como Murciélagos, Culiacán empezó a sufrir una oleada de atentados y asesinatos que nos demuestran, una vez más, que la bestia era más grande y feroz de lo que nos imaginábamos. Siete asesinatos el sábado 20, ocho el domingo 21 y siete el lunes 22 dan un total de 24 homicidios, lo que convierte a Culiacán en vísperas de navidad, en un infierno.

A ello se suman los incendios provocados y ataques con explosivos y balazos efectuados sobre una gran cantidad de domicilios y empresas que no solo se ligan a los giros negros, sino que también se ha atentado contra centros educativos obligándolos incluso a cerrar sus puertas.

La dimensión que alcanzó el narcotráfico en Sinaloa es impensable sin la existencia de una "negligencia benigna" por parte del Estado. Todo se remonta a los lejanos años de la década de los 40s del siglo XX, cuando este fenómeno alcanzó niveles mundiales e inició un ascenso imparable dentro de los países andinos, caribeños y centroamericanos, en donde se incluye a México.

Primero fue el pretexto de la Segunda Guerra y la derrota del Eje lo que incentivó su fomento y tolerancia, y después fue la otra guerra, la fría, lo que llevó a su expansión en esos puntos geográficos ya mencionados. El narcotráfico funcionó como una especie de Plan Marshall para este patio trasero pauperizado y en peligro de caer bajo los influjos del comunismo internacional. La forma que tuvo Estados Unidos de transferir riqueza a la zona fue el hacerse de la vista gorda ante la expansión del narcotráfico en América Latina y la conformación, implícita, de numerosos ejércitos irregulares que en su momento se utilizaron para combatir a la disidencia política y su expresión extrema que fueron las guerrillas. Estos guardias blancas en que se convirtieron los carteles del narcotráfico durante el período de la Guerra Fría en Latinoamérica, y que coincide con las grandes dictaduras ya sea de partido (México) o de personajes (Caribe, Centro y Sudamérica), siempre gozaron de un potencial de fuego impresionante solo posible con el contrabando de armas fomentado por los Estados Unidos y aceptado por los regímenes dictatoriales del subcontinente.

Al terminar la Guerra Fría y destronar al régimen sandinista-comunista que surgió en Centroamérica de un proceso revolucionario, los países de producción tránsito y comercialización de narcóticos quedaron inundados de grupos delincuenciales que ya no tenían, en parte, razón de ser. A partir de la década de los noventas, cuando desaparecieron las dictaduras y se derrumbó la Unión Soviética junto con sus países satélites europeos, la gran pregunta que se hicieron los Estados Unidos y los países de la región fue: ¿Qué hacer con el narcotráfico y los grandes contingentes armados creados a su alrededor? ¿Qué papel debería ahora jugar América Latina en una economía globalizada y descentralizada que no fuese el de simple proveedor de materias primas y enervantes?

El asunto del narco en Sinaloa va más allá de sus autoridades locales. La geopolítica de Estados Unidos lo tiene como una herramienta disuasoria: gobierno que no coopere cae en una espiral desestabilizadora que en última instancia obliga a los Estados Unidos a intervenir y/o a exigir leoninas concesiones a los gobiernos de los países implicados. La política es simple: cooperas o cuello, como dijo el chino. En ese dilema se encuentra Sinaloa y el país entero.

Mientras, todos sufrimos las consecuencias de vivir en guerra momentos que deben ser de pura paz.

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